Crítica de Feos

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Con muñecos Feos brinda una delicada y entrañable obra maestra

por Pedro Labra Herrera.

La actriz y fina ilustradora Aline Kuppenheim derivó hace un lustro al teatro de animación dándole un aporte extraordinario. Junto a su grupo Milagros nos maravilló con “El capote” en 2011, y “Sobre la cuerda floja” al año siguiente. Ahora, a la cabeza de otro equipo, explora el lado más oscuro de susposibilidades, en una propuesta con muñecos dirigida a público adulto (y de seguro no apta para niños). El resultado es simplemente virtuoso, una obra de arte mayor a la que no le sobra ni le falta nada, rebosante de límpida belleza, sensibilidad, emoción y las más profundas resonancias. Como si el camino recorrido por Kuppenheim cobrara aquí sentido y peso. A partir de un cuento del uruguayo Mario Benedetti, maestro del género, escenifica en 50 minutos nadamás que el breve encuentro casual, conmovedor y a la vez incómodo, de un hombre y una mujer de mediana edad y rostros gravemente dañados que espantan a quien los mira. Se topan entrando a un cine, luego conversan largamente en un café revelándose pares en las formas más extremas de soledad, exclusión y sufrimiento; y terminan sosteniendo una cita íntima en la vivienda de él. Uno de los grandes hallazgos del proyecto es la conjunción de los talentos excepcionales de la directora y de Guillermo Calderón que al adaptar el escueto relato de Benedetti lo amplía y enriquece. Su dramaturgia define con mayor precisión a los personajes, y concibe una sucesión fragmentada de diálogos en que ellos -con descarnada dureza- comparten su percepción de sí mismos y exponen cómo asumen su terrible circunstancia. Agrega un tercer personaje, el garzón de la fuente de soda, para matizar el clima general áspero y pesaroso con una perspectiva popular abierta a la aceptación. Técnicamente la narración se resuelve con delicada poesía en una perfecta fusión de marionetas de medio metro de altura confeccionadas de modo minucioso, e imágenes proyectadas que dan el ambiente de contexto. Los pequeños seres parecen tan prodigiosamente vivos y naturales que pronto no importa nada que quienes los manipulan desde el fondo vestidos de negro estén a la vista. Lejos lo más pasmoso de la experiencia es que con unos muñequitos se consiga expresar tan entrañable carga de humanidad; una de condición frágil y dolida, pero dotada también de una resiliencia apabullante. Así, tras la desoladora tristeza que despierta, el relato nos inunda al fin y al cabo de esperanza. En tanto conlleva una reflexión acerca de si la fealdad es o no un estigma o castigo, y nos fuerza a interrogarnos qué hace que consideremos que algo es feo o deforme; por qué nos apresuramos a adosarle categorizaciones ajenas; dónde está la verdad esencial del otro. Ya que las voces y el ruido ambiental fueron cuidadamente pregrabados -y dado que Calderón, admirable teatrista, derivó en el último tiempo al guionismo (“El club”)- se puede apreciar también el resultado como un filme de animación hecho en vivo. Por lo mismo, la escena íntima final nos convierte en ingratos ‘voyeurs’ intentando atisbar en la penumbra los detalles sexuales escabrosos.

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Por Andrea Jeftánovich

Un acierto es el montaje “Feos”, adaptación del cuento de Mario Benedetti “La noche de los feos” por el dramaturgo Guillermo Calderón, que en esta versión extiende el desarrollo de una delicada historia interpretada por las marionetas de la compañía Teatro y su doble liderada por Aline Kuppenheim. Quienes hemos seguido la trayectoria de la actriz y directora ya hemos podido apreciar el oficio y excelente selección de historias en sus antiguos espectáculos con la compañía Milagros, “El capote” (2007) y “La cuerda floja” (2013). Esta vez la historia está orientada para adultos y trata del encuentro de dos seres anónimos tocados por una deformación física que se conocen en una función de cine. El relato de Benedetti narrado en primera persona por el personaje masculino cambia a la estructura del diálogo teatral añadiendo escenas en las que se gana intimidad y reflexión. A modo de ejemplo, la “honestidad hiriente” relatada por el narrador transmuta en la interacción valiente entre los personajes que intercambian sentimientos y experiencias desde su diferencia para ser interrumpidos por el mozo, nuevo personaje de esta versión, que emite comentarios desacertados que rompen la tensión de la atmósfera. Lo que conversan alrededor de la mesa es valiente y doloroso. Ella, Leonor, fue mordida por un perro y parte de su rostro y cabeza están desfigurados. Él, Juan, sufrió una quemazón y en su rostro y cuerpos hay injertos. Como espectadores sucede algo interesante, durante la función los muñecos están de perfil y tenemos más acceso a su “lado normal” pero en los parlamentos se alude a la experiencia de “la fealdad” en un trabajo que da para pensar sobre las perspectivas. Ambos personajes saben que la deformidad es una barrera, una barrera que genera rechazo y compasión. En algún punto saben que esa diferencia los marca y aísla de relaciones transversales e íntimas. Por ejemplo, saben que la amistad, el amor y la sexualidad son terrenos esquivos para ellos. Sobre este tema tabú conversan con tristeza, con sarcasmo, con nostalgia. En tanto “almas gemelas” están dispuestas a desnudarse y atreverse a ser más que un rostro con cicatriz y a reconocer su odio a la normalidad. Él le propone ir a su departamento, ella acepta porque pueden barajar una posibilidad. Cuando están esperando el transporte público expresan el temor a ser vistos por otros, conscientes que dos seres monstruosos se pueden transformar en un espectáculo. ¿Qué significa para ellos atreverse a tocar su cicatriz? ¿Cómo estar juntos en la oscuridad y encontrar la belleza? ¿Cómo estar juntos a toda luz? Estas interrogantes rodean el eventual encuentro. En este teatro, además, tenemos acceso a una gran sutileza. Si miramos a trasluz observamos cinco cuerpos enfundados en mallas negras articulando los movimientos de las marionetas. Que una de las marionetas levante la mano para tomar una taza de café puede significar el diestro operativo de tres actores. Cada sutil gesto implica la coordinación de cinco actores en conjunción con las armónicas voces de los actores Francisco Melo, Roberto Farías y Aline Kuppenheim. Paradojalmente, “Feos” -en cartelera en Mori Bellavista- es un prodigio estilístico y temático para contar una historia que prescinde de discursos moralistas sobre la diferencia y la integración, y nos indica el miedo a mirar los defectos de otro y de uno, aceptar y a aceptarse.

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Por Agustín Letelier

Aline Kuppenheim y Guillermo Calderón crean una obra de gran belleza adentrándose en el pesar y las limitaciones de dos seres cuyos rostros quedaron deformados, en horribles accidentes. El impulso original estuvo en el breve cuento de Mario Benedetti La Noche de los Feos. Guillermo Calderón lo amplía con una sucesión de diálogos en un café, cada uno agudo y punzante. Aline Kuppenheim y su grupo Teatro y su Doble materializan las deformidades de esos rostros en dos muñecos que manipulan con extraordinaria precisión. Con la antigua técnica del Bunraku japonés, cada muñeco es manejado por dos o tres manipuladores que es posible vislumbrar en la semioscuridad. Hay un juego con las proporciones en el escenario construido dentro del escenario principal. Se produce una casi perfecta ilusión de vida en esos muñecos cuyo tamaño nos parece real. Otro acierto es la proyección de imágenes que crean los ambientes necesarios: la entrada del cine, el café, la calle, la luz que se filtra por la persiana al amanecer. Feos es una conjunción de técnicas: artística creación de muñecos, depurada técnica de manipulación, proyección de imágenes creadas por el sistema stop motion, reescritura para el teatro de un texto narrativo de gran calidad. La historia es conmovedora, ambos saben que por sus rostros deformados nadie se enamorará de ellos. Se ven por primera vez esa noche al entrar al cine. Quedan en filas separadas. A la salida él le propone ir a tomar un café, ella acepta. Es decidida, ve las cosas con claridad, con ironía dice: «tal para cual». Calderón crea un personaje que los mira desde fuera, el mozo socarrón, con picardía popular que está a punto de pasarse a lo inconveniente. ¿Podrían, a partir de ambas fealdades, construir una relación? Parecería que sí, pero ella es más realista y sabe como proceden los hombres. Con media botella de pisco pueden llegar a decirle que es bella, o sentirse generosos y regalarle una noche de amor. Incluso, por sugerencia de su siquiatra, ha usado enfermeros que dan servicio sexual. Su vida está más llena de historias que la de él. Sabe que hay mucha mentira en lo que se dice, pero está dispuesta a arriesgarse y acepta ir al departamento de él. La serie de diálogos es inteligente y ahonda en la comprensión de las relaciones entre las personas. Ambos sufrieron accidentes en sus rostros, pero sus cuerpos son normales, y al encontrarse en la oscuridad, la fealdad desaparece. Pero comprenden que eso no es verdad, en la oscuridad se palpan sus heridas. Dejando de lado la sensualidad, se reclinan suavemente uno en el otro, se apoyan, con lágrimas se aceptan como son. Al amanecer, la luz de la mañana que se filtra por la persiana, también restablece la verdad. La obra admite muchas lecturas. Las deformidades pueden no ser heridas físicas y la intención de ocultarlas en alguna forma de oscuridad o mentira puede darse de diversas maneras. La historia se construye sobre la fuerza de la atracción física y sobre la necesidad de superar la soledad, pero propone que la solución real es mirarse con verdad. Lo que hace que el público quede subyugado por la obra es la inclusión de los muñecos en imágenes grabadas en stop motion y el arte de la manipulación de los muñecos. Hacer que una leve inclinación del cuerpo, un pequeño movimiento de la cabeza expresen con claridad sentimientos como duda, dolor o la sonrisa al entender una broma del mozo, y que sus manos puedan tomar objetos, apagar una lámpara y desvestirse, llegan a causar genuina admiración. Aline Kuppenheim y su grupo Teatro y su Doble, han logrado tal maestría en el arte de la manipulación de muñecos que uno podría desentenderse de la historia y apreciar principalmente su sutileza. En el Bunraku los manipuladores están claramente a la vista, cubiertos de negro, pero el público se desentiende de ellos, no los ve. En Feos los manipuladores, Aline Kuppenheim, Etienne Bobenrieth, Ignacio Mancilla, Catalina Bize y Gabriela Díaz de Valdés casi no se ven ocultos por sus trajes negros y en la semioscuridad. Cuando a veces los vislumbramos sus cuerpos parecen extremadamente grandes. En el Bunraku los textos son leídos por un relator que expresa todas las emociones; en este caso las voces pertenecen a grandes actores, Aline Kuppenheim, Francisco Melo y Roberto Farías.

http://www.elguillatun.cl/columnas/imaginario-teatral/feos-el-arte-de-lamanipulacion-

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Entrañables muñecos humanos

El creador chileno Guillermo Calderón ha acostumbrado al público uruguayo de teatro al asombro. Pero con la obra Feos, que hoy da la última función en la Sala Balzo, la sorpresa fue superlativa. Porque no solamente ofrece un gran espectáculo: también brinda un lenguaje escénico sin precedentes en la escena local.        Decir que es teatro con muñecos es decir poco, por más que es cierto que los protagonistas de la obra son una pareja y un mozo hechos de material, que manejan un grupo de cinco manipuladores. Pero hay otros elementos en juego que hacen de esta obra una experiencia única. El espectáculo se enmarca en un escenario más pequeño, que está dentro del escenario de la Balzo. Allí corre una película, que hace que el resultado sea una mezcla de las técnicas tradicionales de teatro de animación, y la tecnología digital. Y ambas se funden en una sola imagen, que es a la vez como cine y teatro. Y esa mezcla es fascinante.     Los tres muñecos, a su vez, no son títeres corrientes. Están construidos con una precisión, y una variedad de materiales, que tampoco es frecuente ver. Desde la piel y el pelo, hasta los vestuarios, todo impresiona.  Con ese lenguaje híbrido, fuertemente experimental, que sucede en una penumbra sugerente, el equipo de artistas cuenta a su vez una historia que de por sí es hermosa, y que tiene como origen el cuento La noche de los feos, de Mario Benedetti. Y el argumento (que Calderón aumentó en su versión escénica), tiene los elementos ideales para ser expresada a través de este novedoso formato. Porque esta historia de amor entre dos personas físicamente nada bonitas, está llena de sutilezas, que la técnica de animación aprovecha al máximo. También es una historia que corre lenta, y eso encaja con las lentas evoluciones de estos seres inanimados, que consiguen transmitir un tipo de emoción extraña. Calderón acostumbró al público a su gran teatro político, comprometido, visceral, de talentosa escritura, verborrágico. Y ahora volvió en un registro diametralmente opuesto, en forma y en contenido, para ofrecer una reflexión sobre la belleza y su lugar social. Y sobre la belleza y su relatividad. Pero también sobre lo humano, desde imágenes nacidas de muñecos.

 Carlos Reyes- El País (Uruguay)

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